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REFUGIO TEMPORAL PARA INDOLENTES
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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2008.
Los que vivimos en las modernas ciudades hemos desarrollado, creo, un temor excesivo al campo, a lo no urbano. Muestra de ello son las connotaciones que asociamos a la palabra "salvaje", que ya no es solo lo que no está domesticado o controlado por el hombre, sino que, para nosotros, es también algo agresivo y peligroso. Siempre temo que, si elijo la lubina salvaje de la carta de un restaurante, salgan del plato las fauces de un tiburón dispuesto a devorarme. Luego pienso en otros animales salvajes como los caballos, a los que uno imagina huyendo grácilmente por una pradera australiana nada más percibir la presencia humana, y me tranquilizo. Aun así, me resulta chocante atribuir este calificativo a alimentos vegetales, como los "espárragos salvajes" que me recomendó un camarero hace poco. Un espárrago de campo puede ser, digo yo, triguero o, a lo sumo, silvestre. Para ser salvaje tendría que protagonizar unos dibujos animados, ser capaz de andar y estar dotado de ojos y boca. Me gustan: Zapatero, Rajoy, Rubalcaba, Arias Cañete, Joaquín Nieto, Esperanza Aguirre cuando habla inglés y Puigcercós. No me gustan: Soraya Saénz de Santamaría, Jesús Caldera, Gaspi, Manuel Cobo, María Teresa Fernández de la Vega, Solbes y, sobre todo, Ana Botella. Me pone Ana Mato. Me cae bien Zerolo. No soporto a Ramoncín ni a Enric Sopena. Aunque la vimos en versión original en francés -que era su segunda lengua-, a Jacinta no le gustó nada la película. Y fue una pena, porque creo que, debido a ese mal comienzo, el mundo se conjuró para que no acabáramos acostándonos. O eso quise yo pensar después, algo arrepentido y avergonzado de no haber continuado la noche bebiendo vino y bañándonos, desnudos y enamorados, en la inmensa bañera blanca de su extraordinario apartamento. Luego vinieron muchas cosas -realmente debería decir que se fueron-, y todo quedó en nada… Bueno, no todo, porque, extrañamente, la voz en off de Depardieu y la “marche pour la ceremonie des turcs” no se me olvidaron. Plácido Domingo estrena “Tamerlano”, de Haendel, en la vida real y en el Teatro Real, y me imagino escuchándolo, vestido de smoking, escondido entre las sombras de un palco oscuro de la platea. Yo, un vago redomado, un inculto ruin y mentiroso, un ignorante global desconocedor de todas las Artes, envidio ese momento puro e inmerecido mientras me arrastro torpemente, haciendo jogging por la urbanización de la Universidad. Lully, Marais, Sainte-Colombe, Cambert… Haendel me lleva a ellos, y ellos me dan una razón más para quemar gratuitamente otro día. Qué asco. El vendaval de estulticia de periodistas y políticos nos sigue azotando sin piedad. Josu Erkoreka, del Peneuve, ha declarado que Bono, como los cabestros y a diferencia de los animales mansos, debe estar bien acotado. Dejando al margen la distorsión semántica que supone utilizar como complemento directo del verbo acotar a un semoviente, ¿qué creerá este hombre que es un cabestro? ¿Algo así como un toro, pero carnívoro, más grande y con más mala leche? El hecho de vivir en una región ganadera de abundantes pastos, ¿no le ha facilitado enterarse de que un cabestro es precisamente un toro castrado y por ello manso? Se usa mucho en Italia la palabra cabestro como insulto que cuestiona la masculinidad del que lo recibe. En España se utiliza más contra quienes se quiere tachar de cortedad mental o torpeza. Pero el cabestro de Erkoreka tiene pinta de ser más bien un cruce entre el minotauro y el abominable hombre de las nieves. |