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ungancho

0:35 am

Desnudo, aparezco cobarde y débil. Mendigando paz y tranquilidad, me refugio en las justificaciones de otros, más audaces o más hábiles. Sólo a ratos me vale el opio, cualquier opio -mediocre, en mi caso-, y me escondo tras los parapetos más estúpidos. Indago si el destino tiene alguna explicación que me exculpe, pero la pared sigue quieta y callada, sin contestar y sin perdonarme. No consigo adaptarme al entorno, e intuyo que ya debería estar muerto, superado por el instinto de supervivencia de otros o despreciado por la evolución de mi propia especie. Me pregunto cuál es la medicina, aunque intento no ser excesivamente concreto al contestarme y prefiero creer que ésta será la última vez, la única excepción. Busco valor y me veo hueco. Me da asco lo que encuentro y la indolencia que me provoca. Sé que no haré nada para remediar ningún problema.

Mi padre acaba de venir a verme; ha comprado yogures para mí. Me lo ha dicho ahora, antes de acostarse. Y aunque sé que no soy digno de sus yogures, me los voy a tomar.

Pobre, mi padre.

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