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Creo que me doctoré en cine -rama espectadores pretenciosos- la segunda vez que me quedé dormido viendo "El acorazado Potemkin", de Eisenstein. Y no lo digo orgulloso, créanme, sino más bien al contrario: odio tanto a los aburridos cinéfilos sin talento de primera sesión de Filmoteca, como a esa nueva estirpe dadaísta, iconoclasta y pretendidamente original, que presume de adorar "Hot-shots".

Así las cosas, quizá no les interese mi opinión sobre volver, la última película de Almodóvar. Quizá no les interese que les diga que es una película fallida y, en contra de lo que puedan oír por ahí, absolutamente manierista. Que las dos o tres escenas de calidad que posee -incluido su viaje sin retorno al profundismo kitsch más surrealista-, no pueden justificar lo mal dirigida (artísticamente) que está; y que el original talento de su director/albóndiga no le evita tampoco acercarse por momentos -con artificialidad y doblaje asesino- al peor cine de Garci.

Duro tabajo el de este aburguesado creador, sabedor de que posee un don con el que hacer cosas mucho mejores. Terminada la cena en el Senderens, de París, apagadas las luces de su habitación en el Montalembert, y leídas todas las estupendas críticas que ha recibido, estoy seguro de que lo meditará y se dará cuenta. Y quizá se pregunte tambíén dónde dejó la baraka, dónde carajo se escondió la musa que desde niño siempre le acompañó.

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