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Nos preguntamos muchas veces por qué la generalidad de arquitectos contemporáneos diseñan obras que, simplificando y vulgarizando, podríamos llamar "posmodernistas". Obras que tienen como denominador común singularizarse y contrastar en el contexto arquitectónico en el que son realizadas, y de las que un ejemplo, desgraciadamente todavía común, es la construcción en los centros urbanos e, incluso, en los cascos antiguos de nuestras ciudades, de edificios descaradamente “chocantes”, que no guardan la estética con el entorno -un entorno de edificios antiguos y bellos-, y que rompen, cuando menos, la armonía general del conjunto.

Cabría sugerir, más desde la intuición que desde el conocimiento, que la búsqueda de ruptura de la obra con el estilo arquitectónico del entorno ha pasado a ser un valor de peso para los artistas. Ese imprescindible desencuentro entre estilos, que en una primera fase podría provocar rechazo, realza sin embargo la existencia misma de la construcción, e identifica de esa forma al edificio como a una obra de arte. Si a eso sumáramos que la búsqueda de un estilo propio y constante (repetitivo, me atrevería yo a añadir) ha pasado a ser también la seña de identidad necesaria para los arquitectos de firma, el resultado no puede ser otro que ese abundante “desencuentro contextual” (tan impactante puede ser un grandioso edificio posmodernista de cristales, con columnas, pilastras y ornamentos diversos -por ejemplo, de Boffil-, que los mastodontes deconstructivistas de titanio retorcido, con formas imposibles, de Frank Gehry).

Pero no debemos olvidar que esta percepción no es nueva y que, a lo largo de la historia, la humanidad ha ido llenando las ciudades de edificios acordes con la técnica y los gustos de su momento histórico, con bastante desprecio por la uniformidad del conjunto. El tiempo puede hacernos percibirlo de otra manera -ya que, transcurridos unos años, todo lo construido queda automáticamente incluido en el grupo de lo antiguo, cuya característica común es la de ser distinto de lo moderno-, pero resulta evidente que algunos de nuestros antepasados mostraron menos respeto aún que nosotros por conservar el estilo de lo que había cuando pusieron fachadas neoclásicas en catedrales góticas, cuando construyeron coros barrocos dentro de iglesias románicas y cuando edificaron una torre de hierro en el casco antiguo de París. Es más, los pocos que han querido imitar o reconstruir el pasado -arquitecturas neogóticas y neomudéjares, o recuperadores de la edad media como Violet le Duc en Francia- suelen ser considerados como mediocres. La cuestión de por qué ahora se construyen cosas contemporáneas y discordantes junto a edificios históricos, que hace poco tiempo planteara en público el preclaro Príncipe de Gales, habría que reformularla preguntando por qué siempre se ha hecho así. Porque, ¿qué llevó si no a los habitantes de Beauvais (al norte de Francia) a intentar edificar la catedral más alta del mundo en el centro de un pueblo donde ninguna casa tenía más de dos pisos, en pleno siglo XIII?

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