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“(…) Para entender en qué consiste (lo que hemos venido llamando) el “abandono de la tradición”, lo mejor será echar mano (…) de Rafael Sánchez Ferlosio y de su ensayo «Borriquitos con chándal», donde puede leerse una de las explicaciones más claras y convincentes sobre la naturaleza de la inversión producida en los métodos de enseñanza actuales. Tras postular que toda enseñanza es pública por definición —en el sentido de que sus contenidos, por el mero hecho de estar al alcance de todo el mundo, pertenecen siempre al dominio público—, (…) niega la posibilidad de que esos contenidos, «los conocimientos en sí mismos, se presten a venir o a ser llevados o tan siquiera acercados al alumno», y sostiene que el aprendizaje, la instrucción, consiste justamente en el proceso inverso, ya que son los conocimientos, por su propia condición, los que exigen que sea el alumno «el que salga a buscarlos fuera, en la pura intemperie impersonal, mostrenca, en la tierra de nadie, en la que, por definición, surgen y están». Y concluye: «Con esta insípida obviedad o perogrullada trato de disipar cualquier equívoco sobre la circunstancia de que los contenidos de enseñanza no pueden nunca adaptarse, en cuanto tales, a las idiosincrasias o condiciones personales de los estudiantes, sino que necesariamente han de ser éstos los que tengan que adaptarse a las impersonales condiciones de los conocimientos». 

            Pues bien, «esta insípida obviedad o perogrullada» a la que se refiere Sánchez Ferlosio y en la que siempre se había basado la instrucción es precisamente la que el sistema educativo “buenista” echa por tierra sin contemplaciones. Porque la pedagogía al uso propugna que sean los conocimientos los que se esfuercen en llegar al alumno, y no al revés. Lo cual supone que estos conocimientos deberán adaptarse a cada caso particular. Lo cual supone, a su vez, que ya no existe un nivel general al que ceñirse, un punto de referencia externo que pueda servir de pauta al alumno y al profesor. No: el profesor, en el supuesto de que no deba dedicar todas sus energías a tratar de mantener el orden en el aula y a «educar en valores», está obligado a adaptarse a lo que ha venido en llamarse la «diversidad», es decir, a la consideración de que el nivel de conocimiento exigible a cada alumno constituye un asunto estrictamente personal, relativo, no sujeto en modo alguno a un condicionamiento exterior. De lo que se deduce, claro está, que ese igualitarismo, si algo alcanza a igualar, es justamente la falta de conocimientos, pues no otra cosa cabe esperar de esta adaptación a las necesidades y las voluntades de quien no aspira sino a seguir siendo lo que ya es. O, en palabras de Revel: «Se trata de abolir el criterio considerado reaccionario de la competencia. El alumno no debe aprender nada y el profesor puede ignorar lo que él enseña» (...)”.

"Buenismo y sistema educativo", Xavier Pericay en "El fraude del buenismo"

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1 comentario

Fabián -

La idea de Sánchez Ferlosio la considero muy cierta, relativizando siempre, claro, pero válida como generalidad.
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