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ungancho

sin rencor

Eran dos buenos amigos. Se conocían desde pequeños. El padre de Juan había sido portero de la finca urbana a la que pertenecía el cuarto ocupado por la familia de Ernesto. Y aunque la diferencia de grado social era grande, nada ni nadie pudo romper la peculiar amistad que surgió entre los dos.

Juan Martínez, mal estudiante pero buena persona, llegó a ser el hombre de confianza de la Administración de una empresa de la Capital que tenía la factoría a cinco leguas del domicilio de la Compañía. Ernesto Ribera llevaba mucho tiempo iniciando estudios superiores sin conseguir diploma alguno. No obstante, se daba buena vida, vestía a la última y no le faltaba el dinero. Los eternos envidiosos, censores inmisericordes de su éxito con las mujeres, llegaban a pronosticarle un aciago porvenir, convencidos de que el presente no podía ser mejor.

Aquella mañana, tras encontrarse los dos por casualidad y como era medio día, propuso Ribera tomar unas cañas en cualquier establecimiento moderno y elegante. Martínez aceptó de buen grado, previa advertencia de que antes de la una tenía que estar en la fábrica. Enterado desde siempre Ribera de que el elegido para llevar los cuartos de las nóminas era su amigo, y obsesionado por el clásico maletín que éste agarraba fuertemente, le preguntó con chulesco desahogo:

- Ahí llevas la pastizara, ¿no?
- Pudiera ser…

Y ambos soltaron una escandalosa risotada.

Antes de entrar a saciar la sed, Ribera propuso a Martínez hacerlo por separado y ocupar en la barra taburetes distantes uno del otro.

- Me han dicho que, aquí, los del mostrador son unos getas que cobran a su antojo. Vamos a pedir lo mismo, por separado, a ver si nos cuesta igual.

Juan se hizo el tonto y tragó, aunque estaba seguro de que el motivo era otro. Tomar una pastilla, fumarse un canuto o meterse una raya, por ejemplo. De todas formas, podrían charlar a discreción cuando le acercara al trabajo.

Cuando Martínez se dirigió al evacuatorio llevando su maletita negra, Ernesto pagó la consumición y siguió sus pasos. En pocos segundos, los dos hombres estaban solos en el retrete. Juan intentó decir algo, pero Ribera sacó una pistola del bolsillo e, inmediatamente, sonó una detonación escalofriante.

- Siempre la misma putada -sentenció Juan mientras se abrochaba la bragueta y su camarada reía y orinaba a la vez, después de guardar de nuevo el pistolón de juguete.

(para mi papa, y III)
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