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ungancho

el turista accidental

No me gusta ni sé viajar. Por eso, cuando lo hago, procuro dejar muy pocas cosas a la improvisación y las menos posibles a la mala suerte.

Y aunque Ana, María y Emiliano aportan las suficientes dosis de valentía e imaginación para que nada resulte monótono, mi patológico sedentarismo exige, al menos, un refugio suficientemente cómodo para evitar depresiones y ansiedad.

Este verano he estado en Budapest, Praga y Viena, sin coche, y mis recomendaciones son éstas:

BUDAPEST. Creo que hay que alojarse en Pest, en la orilla derecha del Danubio, aunque sin olvidar, obviamente, Buda (su Castillo, su Palacio y, sobre todo, su famoso hotel termal Géllert). El mejor hotel de Budapest -y el mejor situado en cuanto a vistas, cercanía a Buda, a la parte antigua y al barrio rico- es el Four Seasons Gresham Palace, destino tradicional de aristócratas, ricachones y mandamases en general.

No obstante, si uno quiere menos lujo pero las mismas virtudes de ubicación, puede optar por el Intercontinetal, que está a su lado, o por el Marriot, 200 metros más al sur. Los tres están pegados al río. Desde el Four Seasons y hasta el bosque Varosliget, al noreste, se extiende el barrio más elegante de la ciudad, con muchos restaurantes y cafés dignos de verse y visitarse (la mayoría en la bellísima calle Andrassy y sus afluentes). En ese entorno, quizá un poco escorado al norte, se encuentran el funcional y algo soso Hotel Andrassy y, más cerca del centro, el Grand Hotel Royal, ambos de cinco estrellas. En la plaza Erzsébet (en el extremo suroeste del distrito, y sirviendo de nexo de unión entre la calle Andrassy y el entorno del Four Seasons) se ubican el modernísimo Kempinski Hotel Corvinus y el clásico Meridien), ambos materialmente pegados y susceptibles de ser usados -si bien los dos están próximos a una gran terminal de metro-. Todo lo demás es rechazable.

PRAGA. De nuevo, como en Budapest, nos encontramos con una ciudad dividida en dos por un río (el Moldava) y, aunque esta vez la cosa no está tan clara, optamos por el margen derecho y por el
Four Seasons Hotel Prague. Superlujoso, moderno y muy bonito, está situado justo al lado del Puente de Carlos -el más famoso y turístico puente de Praga-, con lo que tendremos todas las ventajas que eso aporta (majestuosidad, vistas directas al río, rapidez para trasladarnos a "la otra parte" de la ciudad...), pero también ciertos inconvenientes (es una zona muy turística -está casi pegando a la zona peatonal de Praga-, con presencia cercana de carteristas, vendedores ambulantes, reclamos publicitarios y repartidores de propaganda). Si no nos importa dejar el superlujo, podemos alojarnos a 300 metros de ese hotel, también junto al río, en el impersonal y moderno Hotel Intercontinental del barrio judío -esta vez no está pegado al Four Seasons, pero casi...-, con lo que perderemos algo de caché y cercanía al "meollo" -aunque el Intercontinental está en el extremo de la exclusiva calle Parizká-, pero ganaremos tranquilidad.

Yo descartaría, por su lejanía de la parte antigua, todos los cinco estrellas que quedan al otro lado del río (Savoy, Neruda, Le Palais); o los que, estando muy bien situados, se pasan de céntricos y son excesivamente ruidosos (Old Town Square Hotel); o los que se encuentran al otro lado de las amplias avenidas de circunvalación que rodean la parte vieja, a veces cerca de las estaciones de ferrocarril (Hilton, Corinthia... e incluso el Marriot, que es el más cercano). Y, por supuesto, no me gustan los antaño muy bien considerados hoteles de los alrededores de la Plaza de Wenceslao -Vaclasvské Námestí-, porque da la sensación de que uno está en plena Gran Vía, con todo lleno de gente, exceso de suciedad y alboroto, y algo de miedo (Radisson Sas Alcron Hotel, Jalta). Así pues, además del Four Seasons y el Intercontinental, yo optaría sin duda alguna por hoteles del mismo distrito que aquéllos -Stáre Mesto-, como el arquitectónicamente insuperable Paris, el clásico Gran Hotel Bohemia, o el modernísimo y minimalista Josef. El tradicional Hotel Palace, algo cerca de la Plaza Wenceslao, sería una última opción.

Si no tuviera dinero, quizá me iría al diminuto Hotel Antik, bonito, modesto y magníficamente situado. En tal caso, de cenar en Kogo, o en el Café Nostress, y de comer en Dynamo (Pstrossova, 29), no me libraría nadie. En los chats y guías de la ciudad suele decirse que en la periferia y en el margen izquierdo del río se come y se hacen compras por menos del triple que en el centro. Yo no lo comprobé, pero creo que, aún siendo así, hospedarse muy cerca de la parte vieja y peatonal (y turística) es fundamental. También alertan las guías sobre la presencia de peligrosos carteristas -los hay, sobre todo en las zonas más frecuentadas, y se pueden ver fácilmente-, el uso del metro y los taxistas gánsters. Con todo esto hay que andar con cierto cuidado.

VIENA. Todo el mundo ha estado en Viena, o sabe que Viena es más bien grande y algo inabarcable, o imagina que va a tener que desplazarse en algún medio de locomoción para ir de aquí para allá (salir a cenar, hacer compras, tomar una copa...), por lo que tratar de dar un visión general desde una perspectiva pedestre como la mía sería -aquí más que nunca- muy parcial.

Así las cosas, me limitaré a señalar que, entre los numerosos hoteles de lujo de la ciudad (descarto, por ejemplo, el que dicen es el mejor: el Palais Schwarzenberg), yo me quedaría con los siguientes: El infalible Meridien, el tradicional Ana Grand Hotel, el clásico -aunque lo estaban reformando completamente cuando yo fui- Sacher y, por supuesto, el grandioso, maravilloso e insuperable Imperial. A otros estupendos e hiperlujosos hoteles, como el Bristol (por feúcho), o el Radisson o el Marriot (por estar ambos un pelín demasiado al norte -es decir, a 600 metros del Imperial-), les cogí, no sé por qué, algo de manía. Y, sin embargo, otros menos lujosos, como el 5 estrellas Ambassador, el 4 estrellas Europa, o el modestísimo Zur Wiener Staatsoper, me resultan más recomendables (ya que están magníficamente situados y, seguramente, mucho mejor de precio). Yo me alojé en el barrio de las embajadas, en el NH Belvedere, un cuatro estrellas muy, muy sobrio, quizá un punto alejado del epicentro de la ciudad (otros 700 metros, esta vez hacia el sur), pero que responde magníficamente a la tradición funcional de la conocida cadena hotelera.

Y, antes de irnos, unas compras en Demel para que familiares y amigos se endulcen con nuestro regreso.
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