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ungancho

los otros

Cuando llegaba del Casino a las seis de la mañana, o a las siete, o cuando esperaba despierto hasta las ocho o hasta las nueve, sin dormir ni un minuto, y me iba directamente a trabajar, pensaba que todo lo demás era superfluo. Lo mismo me dije cuando Amaya me colgó el teléfono por última vez, hace ya más de diez años, pero también cuando hace tan solo unas semanas acompañé a mi padre a la cama del hospital, sujetándolo para que no se cayera desplomado por la debilidad y el cansancio. Cuando le afeitaba, o cuando le daba agua o le ayudaba a vestirse, o a desnudarse, pensaba que el mundo quedaba muy lejos, y que sus problemas y sus habitantes eran extremada e insultantemente pequeños.

La colonoscopia, finalmente, nos dió una prórroga indefinida. Y el dinero, que parecía inagotable entonces, se acabó gastando y mudando a manos de crupiers demasiado meticulosos. Amaya, por lo demás, decidió desaparecer de todos los porqués y de todos los fundamentos, y, por unos segundos, durante el breve espacio de tiempo que tardé el jueves en ir desde el coche hasta la puerta de mi habitación, todo me pareció quieto y tranquilo.

Pero la tele se ve mal. Alguien ha instalado un mecanismo que interfiere en la antena colectiva de la comunidad, y mi madre no puede ver bien ningún programa. Lleva así más de un mes. Y, aunque Lolo no me lo dice, sé que está muy preocupado; la herida de Alba sigue sin cerrarse y empieza a ser alarmante una llaga abierta tanto tiempo en el delicado y minúsculo cuerpo de un bebé.

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