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REFUGIO TEMPORAL PARA INDOLENTES
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.
Comienza un nuevo año, y sus primeros días -como estandarte, como paradigma- esparcen pruebas inequívocas de la inflexible dirección que una civilización hipócrita, hedonista y moralmente agnóstica obliga a llevar a sus pacientes. En circunstancias normales, aumentaría exponencialmente el número de suicidios o, en su defecto, de bajas laborales y visitas al dispensario en busca de soluciones a la depresión, pero ¡milagro! unos pocos -unas pocas, siempre-, las más audaces, las menos contaminadas, se rebelan, se niegan a claudicar, y prefieren dar la vuelta a la tortilla plantándole cara al absurdo ético reinante utilizando sus mismas reglas. La erótica del poder, que diría María Dolores, es algo más que un eslogan. Se va Beckham, jugador elegante y profesional serio. Durante tres años ha sido un oasis microscópico, un tesoro casi oculto, perdido dentro de un desierto de vanidades cutres y presencias malolientes. No aprendió castellano y procuró no relacionarse nunca con la chusma vacía e indocumentada que compartía con él entrenamientos o le perseguía, incesante, parapetada tras un micrófono de tertulia deportiva. No demostró jamás genialidad alguna, y pocas veces bebió del néctar de los dioses, consciente, quizá, de que el talento es virtud injusta y de que las gracias gratuitas e inmerecidas solo generan, a la larga, envidia e insolidaridad. L.A. Galaxy será su nuevo equipo. La Liga española, sin saberlo, pone así un punto y aparte en su característico periplo inconsciente y burdo, en su tendencia enfermiza hacia lo nacionalista y cañí. Llevo varios días soñando con Amaya y empiezo a preocuparme. En menos de nueve meses me casaré y, espero que antes, me habré replanteado también mi futuro personal y profesional. Me esperan semanas de temores, miedos y ansiedades, y sé que el exceso de tensión generará más estrés, más insomnio y más tristeza. Pero yo sé que no sueño con Amaya por eso. Sueño con ella, simplemente, porque aún la quiero. Leticia Dolera no sabe desfilar. Es bajita y los vestidos cortos de punto de Sita Murt no le sientan nada bien. La moda, eso sí, le divierte y le parece estimulante. Los dos pasamos un poco del glamour de las pasarelas, uno por imposibilidad y otra por desprecio; lo mío es el sadomasoquismo profesional, y lo de Leticia la interpretación. Dadas las circunstancias, y sus ya cumplidos veinticinco, decir que me gusta no podrá ser considerado delito, pecado, ni excentricidad, pero, por si acaso, no buscaré más fotos suyas por Internet. Por los Goya, lógicamente, se tuvo que pasar, pero yo, que me estaba quedando dormido y preferí ver los resúmenes de los partidos de fútbol, no la pude ver. Lástima. El veinte de enero nevó en Charleroi. Geniac, quien quiera que sea Geniac, miró por la ventana de su habitación y vio bajar el camión hacia el aserradero, seguramente como todos los días. Más tarde, mucho más tarde, tomó vino caliente, aquí o en el restaurante de siempre, y escuchó un poco de música justo después de cenar. En un universo que creemos haber inventado nosotros mismos, una casualidad inaudita, inimaginada, impesable, nos ha unido. Michael Casey, Luis Armstong, Geniac, usted y yo, formamos, ahora mismo, un grupo coral definitivamente irrepetible. En un rato volveré a casa. Empieza a hacer frío. |