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REFUGIO TEMPORAL PARA INDOLENTES
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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.
Iba a escribir: "A veces engaño a mi alma y me imagino", pero, al hacerlo, no he sabido continuar y he sentido un vértigo infantil y culpable. Será la temperatura del agua, la que adormece la mente y premia la imaginación más lúcida, la que me incita a la soberbia y al vuelo pretencioso y vulgar. Será. El caso es que me doy por vencido y retomo la idea primigenia. Empiezo leyendo putas para cornudos donde se escribe pautas para conjurados. Living deadly. Hoy le ha tocado a Jesús Munárriz, a Victor Botas, a Antonio Martínez Sarrión. Leo en voz alta poemas de Juan Luis Panero y Miguel D´Ors. ¿Me oirá el del segundo?. En un arrebato de audacia, iba a transcribir "el octavo pilar de la sabiduría", de José María Álvarez, frente a frente con un poema mío. Un casi olvidado sentido del ridículo y lo que me queda de amor propio me lo han impedido. Dios existe, confirmo. O, al menos, eso dice Arancha. calendario perpetuo El lunes es el nombre de la lluvia El martes es que lejos pasan trenes El miércoles es jueves, viernes, nada. El sábado promete, el domingo no cumple Nunca hubo mitos. O quizá sí los hubo, pero fueron eso, sólo mitos. Víctor Willis, el cantante que se disfrazaba de policía de tráfico en el grupo Village People, ha ingresado en prisión hace unas semanas por posesión de droga e intento de fuga. Estuvo casado con Philicia Rashad (que siempre pensé que era la esposa real de Bill Cosby) y, entre unas cosas y otras, su vida fue un reflejo de la historia del grupo, yendo de mal en peor. Julio Valdeón Blanco le dedica un bonito artículo en El Mundo de hoy, y yo, ahora, recuerdo Go West, una de sus mejores canciones, e himno, bandera y desideratum de vida para toda una generación que, sin embargo, fue entendida por muy pocos. Qué joven eres, Dios mío, qué joven eres. Como la luz que se filtra en la lluvia y abre con manos puras paso al sol. Como esas noches largas, cuando ya uno no espera nada, y suena el timbre. Como a quien hacen un regalo, sonreír, no preguntar, no decir nada, sino agradecer su favor a la vida, y como el limpio placer de quien da de comer a un pájaro, no intentar atraparte, sino verte, verte y después si vuelas y no vuelves, que tu vuelo sea dichoso. José María Álvarez (Cartagena, 1942) Cuando llegaba del Casino a las seis de la mañana, o a las siete, o cuando esperaba despierto hasta las ocho o hasta las nueve, sin dormir ni un minuto, y me iba directamente a trabajar, pensaba que todo lo demás era superfluo. Lo mismo me dije cuando Amaya me colgó el teléfono por última vez, hace ya más de diez años, pero también cuando hace tan solo unas semanas acompañé a mi padre a la cama del hospital, sujetándolo para que no se cayera desplomado por la debilidad y el cansancio. Cuando le afeitaba, o cuando le daba agua o le ayudaba a vestirse, o a desnudarse, pensaba que el mundo quedaba muy lejos, y que sus problemas y sus habitantes eran extremada e insultantemente pequeños. La colonoscopia, finalmente, nos dió una prórroga indefinida. Y el dinero, que parecía inagotable entonces, se acabó gastando y mudando a manos de crupiers demasiado meticulosos. Amaya, por lo demás, decidió desaparecer de todos los porqués y de todos los fundamentos, y, por unos segundos, durante el breve espacio de tiempo que tardé el jueves en ir desde el coche hasta la puerta de mi habitación, todo me pareció quieto y tranquilo. Pero la tele se ve mal. Alguien ha instalado un mecanismo que interfiere en la antena colectiva de la comunidad, y mi madre no puede ver bien ningún programa. Lleva así más de un mes. Y, aunque Lolo no me lo dice, sé que está muy preocupado; la herida de Alba sigue sin cerrarse y empieza a ser alarmante una llaga abierta tanto tiempo en el delicado y minúsculo cuerpo de un bebé. Desnudo, aparezco cobarde y débil. Mendigando paz y tranquilidad, me refugio en las justificaciones de otros, más audaces o más hábiles. Sólo a ratos me vale el opio, cualquier opio -mediocre, en mi caso-, y me escondo tras los parapetos más estúpidos. Indago si el destino tiene alguna explicación que me exculpe, pero la pared sigue quieta y callada, sin contestar y sin perdonarme. No consigo adaptarme al entorno, e intuyo que ya debería estar muerto, superado por el instinto de supervivencia de otros o despreciado por la evolución de mi propia especie. Me pregunto cuál es la medicina, aunque intento no ser excesivamente concreto al contestarme y prefiero creer que ésta será la última vez, la única excepción. Busco valor y me veo hueco. Me da asco lo que encuentro y la indolencia que me provoca. Sé que no haré nada para remediar ningún problema. Mi padre acaba de venir a verme; ha comprado yogures para mí. Me lo ha dicho ahora, antes de acostarse. Y aunque sé que no soy digno de sus yogures, me los voy a tomar. Pobre, mi padre. Mis zapatillas coloradas, dos bufandas y una rana, un aro blanco Mi bicicleta, un tren muy nuevo, el arco y flechas y un torero. Zambomba, pandereta, cascabel, el sombrero de mi abuelo Mi bicicleta, un tren muy nuevo, el arco y flechas y un torero. Zambomba, pandereta, cascabel, el sombrero de abuelo. Mis tesoros, Niño Dios son para tí, son para tí. |