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REFUGIO TEMPORAL PARA INDOLENTES
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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2005.
Las casas de la avenida de la ilustración se abren a la calle como gajos de mandarina. Al disminuir la velocidad de mi coche, muchos conductores que me sobrepasan giran la cabeza para mirarme. Yo hago lo mismo, les miro, y todo tiene entonces un color anaranjado y cálido que ralentiza el ritmo de la vida. Apenas son las cuatro y veinte, pero la tarde ya ha caído y las luces del día se empiezan a difuminar. No sé por qué, pensé que alguien me daría una mala noticia al llegar a la Universidad. Sin embargo, todo sigue igual, tranquilo, sosegado, inalterable. Mañana tenemos puente en Madrid y, quizá por eso, la tarde se presenta propicia para la dispersión. No sé, pero hay algo también triste en esa pérdida de inocencia, aunque sea una pérdida intelectual y no material, que da paso a la madurez. Posiblemente sea un momento concreto, con una fecha y hora determinada -o no-, pero del que sólo somos conscientes cuando ya ha pasado. Y no me refiero a la madurez biológica, ni a la madurez artificial que, por desgracia, muchas veces producen acontecimientos dañinos o luctuosos que dejan tras de sí niños y adolescentes cubiertos a su pesar por gruesos disfraces de hombres y mujeres heridos y cicatrizados. No. Hablo de la pérdida natural de la inocencia que provoca el descubrimiento de la responsabilidad por nuestros actos y de la intuición de la experiencia. You’ve got to give a little, take a little ... de la banda sonora de Casino. Algo no cuadra EL PAÍS - Opinión - 13-11-2005 Desde hace un cierto tiempo y cada vez con mayor insistencia, en España se escuchan voces que defienden la regularización del comercio sexual, según parece con tres objetivos: reconocer los derechos individuales de las personas que ejercen la prostitución considerando su trabajo una actividad económica más, erradicarlas de calles y carreteras, y censarlas. Pese a que, en principio, las medidas parecen servir los intereses de quienes se prostituyen -mayoritariamente mujeres-, algo no acaba de encajar en este postulado. En primer lugar, quienes más han insistido en la necesidad de regular la prostitución han sido los empresarios del sexo -antes llamados macarras o proxenetas-, de modo que podemos imaginar que, si defienden esa idea, será porque su consecución les reportaría algún tipo de beneficio. Tanto se han empecinado que, de regularse la prostitución, los proxenetas, erigidos en guardianes de la moral familiar y callejera, habrían conseguido que sus negocios fuesen reconocidos como lugares de ocio de pleno derecho. En cambio, las prostitutas que van por libre y, sobre todo, las más desamparadas se verían barridas de calles y carreteras, e incluso de pensiones y pisos. También resulta sospechoso que los empresarios del sexo manifiesten ese deseo perentorio por pagar impuestos a las arcas estatales y dejar, así, de tener un negocio que es simple economía sumergida. Desde luego, les honra esa insistencia, aunque nos permitimos dudar de su honradez. Pero, sobre todo, lo que causa perplejidad es la pretensión de que las trabajadoras del sexo no puedan erigirse en empresarias de su propio negocio y montarse un chiringuito donde les plazca, máxime cuando actualmente, sin leyes que lo regulen, las que dicen haber elegido libremente vender su cuerpo -un 5%- pueden darse de alta de autónomos en otras profesiones. En segundo lugar, también parece que se beneficiarían de la disposición los prostituidores, llamados eufemísticamente clientes. Para ellos -uno de cada cuatro ciudadanos españoles-, la medida supondría mayor impunidad al utilizar los servicios de una prostituta o al hacer turismo sexual. Si ahora y pese a que la ONU considera la prostitución una forma de esclavitud y de maltrato, comprar el sexo de una mujer puede ser relatado como una hazaña entre cierto tipo de hombres, la regularización terminaría de despojar a esa actividad de connotaciones peyorativas y la transformaría en algo parecido a la visita de un parque temático. Parece que, con ello, las trabajadoras sexuales ganarían en dignidad, a la par que ellos disfrutarían de mayor "comodidad". Aunque, si lo que se pretende es dignificar esta ocupación, no deja de resultar chocante que, cuando algún canal televisivo ofrece un reportaje sobre compra-venta sexual, muestre claramente los rostros y los cuerpos de ellas, pero cubra púdicamente los rostros de ellos, los prostituidores. Por último, están las prostitutas que ejercen sin haberlo elegido: el 95% restante, de las que la inmensa mayoría son inmigrantes sin papeles introducidas en España por las mafias internacionales. Éstas no quedan fuera del sistema por putas, sino que se dedican a la prostitución porque el sistema no les deja otra alternativa. ¿De verdad van a catalogar a esas más de 400.000 prostitutas sin papeles? ¿Van a ofrecerles papeles porque se dedican a la prostitución y establecerán un agravio comparativo con las sin papeles que limpian casas o cuidan a personas ancianas? ¿O van a dar papeles a cualquier inmigrante? Si es así, será un alivio no verles morir tratando de saltar vallas o intentando cruzar el Estrecho en pateras. En Occidente existen dos modelos de abordar la prostitución: el modelo holandés y el modelo sueco. En Holanda, la prostitución fue legalizada con el argumento de que ello erradicaría el tráfico y explotación de mujeres inmigrantes y supondría un control para la industria sexual. Sin embargo, las cifras demuestran exactamente lo contrario: en una década, el negocio ha crecido un 25%; la prostitución infantil ha aumentado vertiginosamente (se ha pasado de 4.000 a 15.000 niños, de los que la mayoría son niñas); el 85% de prostitutas son mujeres víctimas del tráfico sexual y sin posibilidades de regularizar su situación, y la violencia contra las mujeres se ha exacerbado. En Suecia, en 1999 se aprobó una ley que penalizaba la compra de servicios sexuales y despenalizaba su venta. Así, quienes resultan perseguidos son los macarras y los puteros, mientras que ellas no sólo no resultan sancionadas, sino que, además, cuentan con unos servicios integrales que las ayudan, si lo desean, a dejar el oficio. El resultado ha sido una disminución más que notable del negocio y el éxodo de los traficantes de mujeres, que se han visto obligados a buscar otros lugares, otros mercados. Tal vez quede por analizar el efecto que la compra de servicios sexuales tiene sobre todas las mujeres como género. Porque no olvidemos que éste es un problema de género: el 90% de quienes ejercen la prostitución son mujeres, el 3% hombres y el 7% transexuales; mientras que un porcentaje abrumador de proxenetas y clientes son hombres. El inconsciente, ese espacio apenas intuido hasta hace pocos años y ahora ratificado por los neurólogos gracias a las nuevas tecnologías, es responsable de una intensa actividad de la que no somos conscientes. El inconsciente acumula creencias y prejuicios, origen de muchos de nuestros comportamientos. Una de estas creenci EL PAÍS - Opinión - 13-11-2005 Llegó desde Rusia con una promesa de trabajo bajo el brazo. El contrato lo firmó, bajo amenazas, con un proxeneta que la secuestró y obligó a prostituirse durante meses en una angosta carretera. Internet le permitió conocer parajes que nada tenían que ver con su Polonia natal y decidió pasar sus vacaciones en la Costa Brava. La red, implacable, la maltrató, esclavizó y obligó a prostituirse. Quiso mejorar su calidad de vida y se marchó de Rumania para trabajar en un hotel costero: acabó hospitalizada tras tirarse por la ventana de un piso del que huía de compatriotas que la retenían contra su voluntad y obligaban a prostituirse tras sufrir vejaciones indescriptibles. En Bulgaria su futuro no era prometedor, algo que, pensó, sí lo sería en España: resistió más de 100 metros arrastrada por un coche, arañando con su piel el arcén de la N-2, antes de dejar ir el bolso con el jornal de toda una noche de sexo de pago y cobrarse cientos de heridas de las que no cicatrizan nunca. La realidad, algunas veces, supera la ficción. Son cuatro historias reales, cuatro dramas personales que golpean la conciencia de quien las conoce: cuatro titulares que ennegrecen con su tinta la vida de seres humanos, como nosotros, y que conocemos gracias a operaciones policiales de desmantelación de redes de proxenetismo y a la desesperación de sus propias protagonistas. Desgraciadamente, ellas no son las únicas. Prevenir y promover la persecución de todas las formas de tráfico y trata de personas, la explotación sexual y la prostitución forzosa es uno de los propósitos de la actuación diaria de la policía de la Generalitat, que preparará una ley pionera en España que ha de poder regular, en territorio catalán, los servicios sexuales remunerados. La aplicación del Derecho Civil catalán nos permite garantizar la libre decisión de quien presta el servicio, reconocerle sus derechos y hacerle única titular de los acuerdos con otros. Se trata de que las prostitutas ejerzan su profesión con libertad y garantías. Conscientes de la controversia que suscita cualquier intento de regulación y de que ésta debe ceñirse a las competencias de la Generalitat, la ley quiere acabar con la actual hipocresía de que al no figurar en ningún texto legal la prostitución, sencillamente, no existe. Regular, importante es aclararlo, implica limitar; no hacerlo significa permitir que el fenómeno siga yendo al alza, creciendo mientras cerramos los ojos. Se trata de poder acabar con situaciones como las que ya se registran en algunas carreteras catalanas, donde en menos de dos kilómetros los Mossos han llegado a contabilizar 10 prostitutas. Entre las finalidades de esta ley destaca el proteger la salud y la seguridad de las profesionales del sexo. Es, de hecho, una prioridad irrenunciable. Adentrarse en un bosque espeso, en plena noche, en el vehículo de una persona de la que nadie te podrá proteger; subirse a la cabina de un camionero del que nada sabes son situaciones que conforman una cotidianidad que debe erradicarse. Acabar con la prostitución de carretera es una obligación que los poderes públicos no podemos aplazar. Las vemos cuando circulamos por carretera. Les prestamos una atención relativa y al cruzar las miradas algunos pensamos en lo duro que ha de ser aguantar el tipo en medio de la nada. Nos alejamos pero ellas permanecen allí, punteando con el seco rímel de su muda presencia nuestras carreteras. Nos alejamos y las dejamos en compañía de peligros. Los relacionados con el tránsito son sólo algunos. En muchas ocasiones, las prostitutas se encuentran en caminos cuyos accesos no tienen buena visibilidad: acceder y volver a incorporarse a la vía entraña un riesgo evidente. Evidente y objetivo es, también, el peligro que existe cuando posibles clientes realizan maniobras bruscas para detener el vehículo y poder contactar con ellas. Asimismo, los informes de los Mossos d’Esquadra nos advierten de que la integridad de estas mujeres se ve continuamente en peligro por las coacciones y amenazas de sus proxenetas. Las agresiones físicas y sexuales consumadas tanto de proxenetas como de clientes forman parte, desgraciadamente, de su cotidianidad laboral. Cotidianidad en la que también se registran robos con intimidación y violencia, dada la vulnerabilidad que supone su presencia en lugares solitarios, así como detenciones ilegales y agresiones de clientes y proxenetas de otras prostitutas. Éste es el escenario real en el que trabajan, hoy, algunas de las prostitutas en nuestro país. Acabar con él es uno de los objetivos, no el único, de la ley que prepara la Generalitat. Existen otras prioridades; entre ellas, garantizar su dignidad y derechos, así como su autonomía, capacidad de decisión y libertad ambulatoria; evitar su estigmatización, desarraigo y exclusión social; establecer controles sanitarios adecuados, y evitar perturbaciones y molestias en el entorno social de las comunidades cercanas a los establecimientos donde se prestan estos servicios. El de los establecimientos es uno de los aspectos en los que la ley hace mayor hincapié. Prohibir y sancionar la presencia de la prostitución en la vía pública implica regular el funcionamiento de las distintas modalidades de locales y establecer un régimen sancionador. El texto prevé que los establecimientos, que nunca podrán estar en comunidades de vecinos, estén expresamente autorizados y dispongan de una licencia espec&ia El proceso de elaboración del tabaco es complejo y metódico. No soy ni he sido nunca fumador, pero reconozco que me fascina toda la liturgia que rodea al cigarro habano, desde la búsqueda del clima necesario para su cultivo hasta el olor que desprende cuando se fuma. Leo desde Clarín una anécdota maravillosa sobre los torcedores de puros: Desde el siglo XIX, en Cuba se hizo costumbre acompañar la rutinaria tarea de los torcedores de tabaco con la voz de un lector profesional, que amenizaba el trabajo de los manufactureros leyendo en voz alta novelas, cuentos, poesía e incluso obras de los grandes filósofos. De esta manera, a través de las lecturas -que muchas veces se hacían desde prosaicos púlpitos-, ganó su nombre, precisamente, el Montecristo; un habano/homenaje a El Conde de Montecristo, la novela más pedida por los trabajadores. Y Guillermo me ha contado esta mañana una todavía mejor. Las manos de los torcedores son tan suaves como el terciopelo y tan sensibles como la piel de un niño: de hecho, son las manos de los verdaderos especialistas -los que darán forma a los puros-, que enrollan las hojas del tabaco ejerciendo una lévisima presión sobre ellas y haciéndolas girar sobre la mesa. Cuenta la leyenda que las mejores torcedoras del mundo son las mulatas de La Habana, que tuercen el tabaco haciéndolo girar mansamente sobre uno de sus muslos, y consiguiendo, así, que el habano obtenga una textura única y un aroma inolvidable. Hoy le han concedido el Premio Nacional de las Letras al escritor jerezano José Manuel Caballero Bonald. Ya me acordé torpemente de él con ocasión de la concesión del Reina Sofía, y ahora, algo arrepentido, busco aquél post para disfrutar con su transparente poesía. ESPERA And there will come a day, and youth will pass away, I ain’t got nobody, nobody cares for me, Por cortesía de Withlouis Justo Gallego lleva más de cuarenta años construyendo su catedral. Al parecer, un anuncio de Coca-Cola le ha hecho famoso desde hace ya algunos meses. Yo no lo sabía, pero descubro casi por casualidad la historia, internacional, de su proeza. La tuberculosis le llevó lejos del Convento de Santa María de Huerta, en Soria, donde había decidido desarrollar una vocación monástica tardía. Pero la enfermedad también le iluminó en la gran aventura de su vida: un monumental templo dedicado a Nuestra Señora del Pilar. Las fotos son, como el trabajo, imponentes. Pero Justo, arquitecto autodidacta, no quiere fama, no le gustan las entrevistas. Parapetado tras su gorro marinero y sus pantalones de pana, asegura que solo hablará si Jiménez Losantos se lo pide. |