Una ideología refugiada hasta ahora en revistas absolutamente identificadas, que sobrevivía tímidamente entre banquetes reales, bautizos señoriales y mansiones de la Costa Azul, ha desembarcado insolente y segura de sí misma en una buena parte del panorama periodístico.
Yo Dona, suplemento semanal del diario El Mundo, ofrece un complejo precocinado de lujo clasista y burgués a toda aquella mujer que esté dispuesta a refugiarse en el universo consumista y ficticio que ocupa el noventa por ciento de sus páginas. Declaraciones de modistas advenedizos con ansias de enriquecerse y vivir a nuestra costa, direcciones inaccesibles e inmorales para bolsillos sin fondo, recetas impúdicas, tiendas absolutamente estrafalarias, propuestas degeneradas, compras imposibles… Un espejo mentiroso y falaz, que devuelve la imagen distorsionada de un maniquí de mujer artificial con piernas inabarcables, nos asegura que nada es imposible si contamos con tiempo y con el suficiente poder adquisitivo. Ya no se exige pureza de sangre, y los problemas de conciencia -si los hay- se solucionan con dos o tres frases ocurrentes de las columnistas de plantilla, o con un buen editorial, lo suficientemente vacío para amedrentar a los más despistados. Un viaje relámpago a Indonesia para reflexionar minuto y medio sobre las víctimas del Tsunami, o un reportaje plano y aséptico sobre las mujeres de Afganistán, servirán de coartada intelectual, si procede, frente a posibles inquisidores. Amén.